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jueves, 3 de abril de 2008

Noche Longdon

¿y si el cielo se mueve?
¿si el abajo se sube y sube?
¿si jalamos todo hacia aquí?
boinas noche fuego ojos de murciélago
rocas vientos pan
la tibieza de
seiscientos cuarenta y nueve pechos?

el ensordecer de la lucha
despertó brillo en la enorme cripta
el hielo elevó un muro de aullidos
y toda toda luz se fue
en el monte
con lo caídos

Jorge Omar Gil

1982

Un cúmulo de polvo se ha formado en el fondo del anaquel, detrás de la fila de libros. Mis ojos no lo ven. Es una telaraña para mi tacto.
Es una parte ínfima de la trama que llamamos la historia universal o el proceso cósmico. Es parte de la trama que abarca estrellas, agonías, migraciones, navegaciones, lunas, luciérnagas, vigilias, naipes, yunques, Cartago y Shakespeare.
También son parte de la trama esta página, que no acaba de ser un poema, y el sueño que soñaste en el alba y que ya has olvidado.
¿Hay un fin en la trama? Schopenhauer la creía tan insensata como las caras o los leones que vemos en la configuración de una nube. ¿Hay un fin de la trama? Ese fin no puede ser ético, ya que la ética es una ilusión de los hombres, no de las inescrutables divinidades.
Tal vez el cúmulo de polvo no sea menos útil para la trama que las naves que cargan un imperio o que la fragancia del nardo.

Jorge Luis Borges, Los conjurados, 1985

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provistro de lealtades,de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Jorge Luis Borges, Los conjurados, 1985

Un Ulises que no llega

No debió ser un réquiem olvidado. No debió la distancia correr el riesgo de una indiferencia impostergable. No duele el tacto cuando obra como un sentido abstracto. No duele la vista ante la oscuridad de una noche cerrada. No duelen los oídos cuando el silencio es inevitable. Duele la soledad con que se encuentra un hombre al borde de la muerte, o el llanto de un niño frente al desamparo. Duele la soledad de saber que no hay manos que tomen manos, pasos que sigan pasos, un hombro que contenga una angustia. El abismo ya no es un pasado recurrente, una muerte inesperada, la soledad de los muertos. En todo caso el abismo será lo oscuro de esas manos, los pasos que no están, una espalda por un hombro. El abismo es la infinidad de una costa en la que se teje lo eterno de una espera. Puede que por obra de alguna estima olvidada se mire a un río como si fuera mar, se espere a un barco como si fuera una idea necesaria, se espere infinitamente a un Ulises que no llega. La magnitud del tiempo hace de la virtud de la paciencia un defecto fatal. Imagino amaneceres imborrables en las costas de este río, infinidad de voces y miradas al naciente que dicten leyes, construyan países, fomenten reformas, condenen muertos, revivan odios, licúen penas en la mitad de un olvido. Imagino algún atardecer religioso que construya una esperanza, algún dios que tome el nombre de Neptuno, una promesa de reforma inconclusa. Construimos los países en el borde, casi de la misma forma en que crecimos, mirando el mar, repitiendo con letra prolija y ordenada cada uno de los cabildos abiertos de 1810, izando y arriando banderas con precisión definida. Pero olvidamos el dolor de la distancia, el sentido abstracto que esta tiene. No se puede entender un dolor cuando se mide una distancia. No duele el frío de una noche que se presenta como última si uno no se acerca a esa noche, si el silencio de una radio no se vuelve latidos, si se ignora a la muerte propia. No se puede construir un país de espaldas, redactar leyes con los ojos, hablar del frío sin el tacto. Porque no duele. Lo único que duele es el sentido de la vista. Pobres mortales. Lo único que les duele es el sentido de la vista y su conocimiento de una realidad escasa, falaz. Reconocemos al dolor por el llanto, de la misma forma que ignoramos la condena que le debe caber a todo hombre que reconociera haber perdido su sensibilidad. Nacemos y crecemos sacándonos todos los días un país de encima como quien se saca un problema de trabajo a las seis de la tarde. Haciendo y deshaciendo leyes, prontuarios y guerras. Apoyando placas al pie de cruces blancas que dicen Soldado Argentino, sólo conocido por Dios. Y nos creemos que en la guerra somos todos iguales, sin el orgullo de un nombre, de un padre o una madre, de una historia que contar, de un amor por quien sufrir. Solamente Dios conocerá a un hombre que fue temerario soldado. Solamente nosotros continuaremos sentados de espaldas frente a un mar que calla nuestras miserias, promete cantos de sirenas y no habla de lo inconcluso de una juventud urgente. Ulises no llega ni llegará, sin embargo Penélope seguirá tejiendo su manto con los ojos cerrados, como siempre.

Ricardo Cardone